Dichosa porque creo en la palabra de Dios

Siempre he escuchado a mucha gente decirme cuan dichosa soy y no creo que sea porque están sacando mis cuentas, más bien creo que es porque me han acompañado en muchos momentos, pero de lo que si estoy segura es que soy dichosa porque creo en la palabra de Dios, porque se me ha permitido escucharla, proclamarla y vivirla, porque he tenido la bendición de tener gente en mi camino que se han encargado de que mi alimento sean las sagradas escrituras y no, esta relación no es de ahora.

Recuerdo que cuando era una niña, mi abuelo, un amante de las matemáticas y la ciencia, me pedía que leyera para él las sagradas escrituras, confieso que siempre le leía el mismo texto porque incluso a mí me encantaba pero cada vez que escuchaba su reflexión me decía algo diferente y yo me preguntaba por qué mi abuelo era tan inteligente que siempre de las mismas líneas me enseñaba algo nuevo, de algo si estaba segura y es que quería ser como él, tener su capacidad y ser tan receptiva como él.

Mientras crecía y luego de perder a mi abuelo, una tarde de un sábado cualquiera tratamos un tema bíblico en el grupo de jóvenes, casualmente era el texto que siempre leía a mi abuelo Mt 5, 1-11: Las bienaventuranzas. Esa tarde en la reflexión me sentía plenamente identificada, recordé a mi abuelo y entendí su sapiencia, él siempre me enseñaba una bienaventuranza diferente y, sin saberlo, formó mi corazón con cada una de esas características.

Años más tarde escuchaba una reflexión de un amigo por la radio, se llamaba “La verdadera dicha”, y una vez más remonté en mis recuerdos a cada una de las tardes en las que le leía las bienaventuranzas a mi abuelo, mi amigo citaba a Lc 11, 28: Pero él dijo: “Dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la guardan”.Entonces también entendí que mi abuelo no solo me enseñaba a ser una bienaventurada con sus reflexiones, sino que también me convertía en una dichosa porque me enseñó a escuchar la palabra de Dios y a seguirla.

Como joven comprometida no me olvido de las enseñanzas de mi abuelo, me alimento de la palabra de Dios y la cumplo, me reconozco una dichosa ante el mundo pero sé que no es por cuestión humana, sino más bien porque la promesa de Jesús se cumple en mí.

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